“Yo llegué al sur con la cabeza llena, pero las manos vacías. La gente fue muy generosa al compartir sus conocimientos. Por eso me gusta compartir las recetas. Desde que llego con las bolsas de las compras, cuando empiezo a pelar, cuando dejo macerando, cuando está hirviendo…”.

Se mudó al sur para hacer lo que le gusta. Sus abuelas, una italiana y otra alemana, le educaron el paladar desde niña. Pero fue en La Araucanía donde Trinidad Mery Keitel cambió su profesión por el oficio de cocinar. Para esta emprendedora creadora de la marca Tante Trini la sazón es un conocimiento que tiene origen comunitario.

¿En la cocina los chilenos poco mezclan y a poco se arriesgan? ¡Falso! La cocina de Trinidad Mery Keitel ­­en Carahue compone sabores y colores de diferentes recetas recogidas en la región de La Araucanía que dan cuenta de una gran variedad. “Solo de pastas de ají hay millones de recetas y todas son distintas. Cada uno le pone algo suyo. Hay diferentes tiempos de cocción, aliños y materiales. Algunas se hacen en una olla de greda otras en asadera al horno”, dice la cocinera.

“Tengo el ají cacho e´cabra que es el más picante, el ají chileno que es el más suave, el más lavado, apenas pica un poquito; el ají verde, que lo hago con una receta muy similar al chancho en piedra, es muy fresco el sabor. Y tengo el ají araucano, que lo hago con productos autóctonos: merken, pimienta de canelo y avellana tostada”.

Precisamente la pasta de ají es su producto estrella. Mermeladas, licores, panes y pasteles también son parte de sus ensayos y atrevimientos para encontrar texturas exquisitas. “Empecé @TanteTrini con una sala de elaboración de procesos haciendo lo que la gente de la zona me sugería. La cosa funcionó y me dije tengo que crecer. Postulé a un Sercotec para obtener financiamiento, construí una sala de ventas de mis productos e hice un curso de marketing”. Cerrado desde marzo por la pandemia, su kiosco está a orilla de carretera entre Puerto Saavedra y Puerto Domínguez, cerca del Lago Budi. Pero su cocina no cierra ni sus ensayos tampoco.

Comunión: tierra, gente, conocimiento

“Yo tengo tantas mezclas de sabores y colores en mi cabeza que cuando las coloco en la mesa también las subo a las redes” dice. Está convencida de la importancia de compartir. «Aquí en el sur si la vecina me regala una semilla me dice: ‘siémbrala en noviembre, en luna llena’. Todas aprendemos de la otra. Se comparte mucho y nadie se da cuenta cuando las tradiciones van pasando de mano en mano, de cabeza en cabeza”.

“Aunque el Kiosco está cerrado hago envíos con todas las previsiones sanitarias. En este momento estoy trabajando con kiwis, naranjas, castañas y murtilla, que son frutos de otoño. Uno cocina con lo que la tierra va dando y esa es una conexión que agradezco”.

Así fue como Trinidad Mery Keitel, una santiaguina llegada a Carahue hace cuatro años, aprendió cómo rigen los ciclos naturales. “En verano es trabajo de campo, cosecha y cosecha. En otoño viene la recolección de los frutos y la preparación de conservas y granos. El invierno es el momento en que la familia se reúne en torno a la comida y la sabiduría. Si te lo cuentan es prácticamente un mito del sur, pero se vive así. En torno a la estufa a leña y el mate. Si hay que ver tele se ve, si hay que desplumar una gallina todos despluman la gallina”.

También experimentó el acto recíproco de dar y recibir. Una pauta que agradece porque así es como no mueren las tradiciones. “Cuando uno se junta con las mujeres compartimos sin ningún tipo de celo, no existe eso de no voy a contarle porque me va a copiar. Yo en el sur encontré esa generosidad enorme de la gente. Aprendo de la tejedora y de la yerbatera, ellas aprenden de mí. También descubrí que las mujeres son las que arman todo. El hombre dice ‘mañana viene el vecino Lucho con el tractor y vamos a arar’. Pero es la mujer la que reúne el material, dice a qué hora se empieza y a qué hora almuerzan”.

Trinidad se especializa en variedades de ají picante. Pero no deja de experimentar con recetas como las cebollitas carahuinas en escabeche. También elabora mermeladas de frutilla, frambuesa, durazno, ciruela, cereza, guinda ácida, naranja, mora, silver Berry y murtilla.

Trinidad Mery Keitel: «Lo que dé la tierra»

Preguntarle qué podemos cocinar en esta temporada a una amante de los fogones es encender su entusiasmo. Sopas, postres e incluso licores salen a relucir para esta temporada de otoño. “Están saliendo las zapallitas, que es un zapallo camote muy chiquitito, fibroso y dulce. Se puede hacer salsa para carnes o tallarines, cremas, sopas o mezclar con harina y hacer sopaipillas. Las papas en esta zona salen todo el año. La papa carahuina tiene la ventaja de crecer en vegas de cultivo donde suben las napas de agua, son muy cotizadas y muy variadas en minerales. Está la murtilla, un berry chiquitito, muy dulce, con un aroma intenso, muy único, no se parece a nada”.

Trinidad Mery Keitel se dio cuenta de que los mapuches jamás pierden los recursos que les ofrece la tierra. “Si hay exceso de apio no se van a quedar solamente con el apio para hacer una ensalada con limón y palta. Buscan diversas formas de sacarle provecho y de guardar para la época de invierno, que es de reposo familiar”. De ahí que aprendió a ampliar los usos de semillas, pulpas, cáscaras y diferentes formas de maceración y fermentación.

“De la murtilla sale el murtado, un licor exquisito. Lo estoy preparando para el próximo año. Hay muchas formas de hacerlo. Se deja macerando en azúcar y cuando la piel se encoge se le agrega el licor, que puede ser aguardiente o vodka. Como hay mucha papa antiguamente se hacía mucho vodka casero. Tradicionalmente se hacían muchos licores con las frutas de La Araucanía. Los más cotizados son el murtado, de la murta, y el apiado, con el apio, que sale ahora en invierno”.

«Me gusta ser súper creativa. A veces digo: ¡Ya, a esto le hace falta color, una hierba, esto tradicionalmente es así, pero qué pasa si le pongo esto de otro país y mezclo, y me encanta!

Regresar a la naturaleza chilena

De profesión enfermera Trinidad Mery Keitel decidió dejar su trabajo y buscar su felicidad. La encontró en la vida silvestre y el poder compartir con su familia sin presiones de horarios. “Vivo en el campo, a 800 metros de la orilla del río Imperial. Carahue es una zona rural entre Temuco y Puerto Saavedra. Mi casa está a 25 minutos de la costa”, relata. Su historia familiar está vinculada a esas tierras e incluso a las minas de oro en Santa Celia. “Mis tíos se fueron muy pequeños a Santiago. El terremoto de 1960 cambió la geografía del fluvial, antes el río Imperial era navegable para los barcos a vapor. Todas las riquezas de Temuco y la cordillera llegaban al río por medio del tren. De aquí salían al mar y se distribuían a distintos puertos”.

Hace unos años sus tíos decidieron regresar a la Novena Región, y después sus padres. También ella tomó la decisión de acompañarlos. El amor por la cocina ya era parte de su espíritu. Había nacido en la infancia cuando ayudaba a su nana a remover el guiso. Y se había reforzado con sus viajes y el acceso a mesas internacionales.

“En Italia hice un tour gastronómico que dura una semana, por un pueblito donde viven 600 personas. Me dije: si ellos tienen una escuela de cocina tradicional yo perfectamente puedo cocinar lo que quiero en cualquier parte. Eso me hizo ver que las posibilidades son infinitas, que el mundo está abierto a lo que uno quiere. En Turquía y Grecia me maravillé con la comida. Aprendí que mezclar un sabor es increíble. Desde una papa, que cuando le pones la hoja de un árbol y aceite obtienes una comida maravillosa. Nosotros en Chile tenemos una variedad de cosas que no valoramos. Con todo lo que la naturaleza nos ofrece de norte a sur, Chile tiene una variedad soñada”.

«La mujer no solamente cría a los hijos, le da comida a las gallinas y espera al marido. La mujer aquí es la que lleva las riendas de una casa. Bueno en todo Chile la mujer es jefa de hogar. Pero aquí es la que mantiene el fuego encendido, sabe todos los horarios, en qué fecha del año vuelan los pájaros. Sabe todo. Es un conocimiento increíble».

Retos: cocinar el sabor del mar

Todavía el camino es largo y hay muchos desafíos por aceptar. Para Trinidad Mery Keitel el próximo es aprender a trabajar con productos del mar. “Quiero perderle el miedo al cochayuyo, al luche, al ulte. En Chile tenemos una costa maravillosa que ofrece muchos mariscos y pescados, pero también algas. Cuando nos las daban de chicos, nos cargaban: a ningún niño le gustan, tiene un olor y sabor fuerte. Eso hace que las rechacemos cuando adultos porque quedamos con un mal recuerdo. Y no las apreciamos. Aquí hay familias que viven solo del cochayuyo, son recolectores de orilla. Cuando voy a una feria a vender mis productos y al lado está una señora que vende sus atados de cochayuyo y su ulte picado, y me explica cómo hacerlo, me digo que tengo que intentarlo. ¡Eso me falta!”.

Conoce más sobre el trabajo de Trinidad Mery Keitel en Facebook e Instagram donde encontrarás sus recetas, anécdotas y recomendaciones.

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