La cultura que engloba la sexualidad humana está en una gran burbuja compuesta por tabúes, desinformación y creencias. Muchas creencias que llevamos alimentando generación tras generación, tanto que hemos aprendido a interiorizarlas, haciéndolas parte de nosotras. Así crecemos con una visión sobre nosotras y la propia sexualidad sesgada; en consecuencia vivimos la sexualidad desde la limitación.

Cuando transferimos todo este contexto al ámbito educativo, la forma cómo se construye la educación sexual es carente. Ya que su base está vinculada en esta burbuja y al miedo, o mejor dicho, miedos. En primer lugar, el miedo de los adultos por sentir que tienen que hablar de temas con los que no se sienten cómodos y al mismo tiempo no saben cómo transmitir una información positiva para los más pequeños de la casa.

Sin darnos cuenta, con esos miedos alimentamos los tabúes, primero los nuestros y con ello también creamos una base en la educación sexual infantil, compuesta por los mismos tabúes. Comprender que ésto no es algo “mecánico” o lineal, ni tampoco basado en el miedo y el tabú, nos llevará a tener una visión más amplia y completa, para ello no podemos basar la educación afectivo-sexual únicamente en la prevención de un embarazo o de una ETS, pues de este modo continuaremos alimentando el miedo y la represión. Educar en afectividad y sexualidad es hablar en positivo, no solamente de lo que queremos evitar o los riesgos, sino de lo que queremos crear y fomentar desde la infancia: niñas y niños sanos, libres y responsables. Sin sesgos ni prejuicios.

Entonces, ¿qué es y en qué consiste realmente la educación afectivo-sexual?

La enseñanza y aprendizaje sobre la sexualidad, va más allá de la visión limitada del pasado. Hablamos de una sexualidad donde todos los aspectos psicológicos, físicos y sociales, se tienen en cuenta y gozan de la misma relevancia, porque la educación afectivo-sexual es un proceso psico-bio-social.

Por eso cuando hablamos de afectividad y sexualidad, lo hacemos de autoconocimiento y para ello necesitamos crear bases, de otro modo esta educación siempre será carente. Una educación carente siempre está repleta de vacíos y mediante ese vacío es imposible crear de forma positiva. Por eso cuando asociamos la educación a estos términos (afectividad y sexualidad) tenemos la finalidad de conseguir que las niñas, niños, mujeres y hombres adolescentes, aprendan a conocerse y aceptarse, sintiendo que hay un espacio seguro para expresar su sexualidad y la propia diversidad. 

¿Por qué hablo de diversidad en esta temática? 

No existen dos personas iguales en el mundo, cada uno de nosotros somos diferentes, podemos tener afinidades o puntos en común, pero en esencia, no existen dos personas que piensen y sientan del mismo modo, que tengan la misma historia, que se expresan igual… la lista es larga. Estos factores hacen que cada ser humano sea diferente, por eso la diversidad, respetar las diferencias propias y del otro tienen tanta relevancia, porque la diversidad es un aspecto de la sexualidad humana. Entonces, la educación afectivo-sexual no es una educación “para hacer”, es una educación “para ser», con todo ese abanico de diferencias que existe en la afectividad.

¿Cómo logramos crear y mantener esta base?

En el caso de la infancia, el papel de la familia es fundamental, porque además de proporcionarles herramientas acorde a su edad para que descubran la sexualidad y su cuerpo, también necesitan propiciar un espacio seguro que les permita dar rienda suelta a su curiosidad a través de preguntas o cuestionamientos sin sentir que hablan de un tema prohibido y en consecuencia, se genere incomodidad para hablar sobre cualquier aspecto relacionado con la sexualidad.

La curiosidad seguirá ahí, pero buscarán otras fuentes a través de las cuales auto-responderse: amigos, internet u otras. Es importante que recordemos que estas fuentes no son ese espacio seguro que tanta relevancia tienen desde la primera infancia, con ellas no existe implicación, vinculación, comunicación ni amor. Ellos necesitan sentir nuestra disponibilidad para abordar sus inquietudes.

Por otro lado, cuando hablamos de adolescentes, además de ese espacio seguro al que deberíamos darle continuidad, ya que es un requisito indispensable en cualquier etapa de desarrollo, necesitan que les proporcionemos conocimiento, habilidades, actitudes y valores con los que puedan descubrir quiénes son, además de quiénes quieren ser en ese universo interno de diferencias que interactúa con el mundo exterior. Estos pilares se desdoblan en cientos de aspectos personales y globales que casi nunca tenemos en cuenta pero que son imprescindibles para una buena educación afectivo-sexual. Ella necesita espacio y espacios, y esto no lo logramos si esa educación es asfixiante, limitada, basada en creencias y construcciones sociales.

Hablamos de espacio para conocerse en el más amplio sentido de la palabra: conocer cómo se siente, que le hace sentirse bien o mal, cuales son sus límites, qué valores y fundamentos componen cada pilar de su vida, qué sueña, con qué asocia el placer, más allá de lo físico… cada detalle de su mundo influye en cómo vive y vivirá su afectividad y sexualidad en el futuro. Espacio para aprender sobre su cuerpo, reconciliarse con él, aceptarlo, respetarlo, cuidarlo, etc. Espacio para entender sus emociones, resignificar y darles un lugar positivo en su vida, saber expresar sus afectos y su erotismo de forma sana, etc.

Así, podemos entender más en profundidad que cada uno de estos factores son ingredientes esenciales. Todos interactúan  y se entrelazan entre ellos, ninguno actúa de forma aislada  en la sexualidad humana, como aprendimos. Cuando cuidamos de ese vínculo desde la infancia, les ayudamos a crear esos espacios para descubrirse con información y acompañamiento, estaremos creando la semilla de una educación afectivo-sexualidad diferente, es decir, una educación integrativa, personal, una educación para ser.

Autora: Yolanda Castillo

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