Tambores Africanos - Músico

Desde hace más de 500 años los pobladores del África subsahariana contaban con una tecnología de información que sería la envidia de cualquier gobernante europeo. Eran los tambores. Sus rítmicas melodías eran en realidad un código tonal capaz de transmitir información detallada sobre distintos aspectos de una manera amplia, rápida y eficiente.

Nadie hablaba de manera sencilla a través de los tambores. Los hombres que tocaban los tambores no dirían nunca: «Vuelve a casa», sino “Haz que tus pies vuelvan por el camino que siguieron, haz que tus piernas vuelvan por el camino que siguieron. Planta tus pies y tus piernas en el poblado que nos pertenece”.

Los tambores que hablan

Así de profusa era esa forma de comunicación, que cuando en Europa utilizaban trompetas y tambores con códigos muy simples que podían interpretarse en el fragor de la batalla, al ataque, retirado, seguir tal o cual flanco, ya en África la transmisión de mensajes era mucho más compleja.

Mientras que en el viejo continente los mensajes eran llevados a caballo y muchas veces llegaban tarde. O en el mejor de los casos usaban puntos de transmisión de códigos de humo; utilizados para pedir ayuda a ciudades vecinas, alertar sobre alguna que otra calamidad, nunca llegaron a tener en ese entonces el nivel de especialización de los africanos.

Otra forma de comunicación

El capitán William Allen, en una expedición al río Níger, fijándose en su piloto camerunés, al que llamaba Glasgow. Se encontraban en la cabina de su vapor de ruedas cuando, Glasgow se abstrajo por completo y permaneció un rato en actitud de escucha. y dijo: «¿Vosotros no oyen hablar a mi hijo?». Como no habíamos oído ninguna voz, le preguntamos cómo lo sabía. Y respondió: «Con el tambor me habla, me dice sube a cubierta».

El escepticismo del capitán dio paso al asombro, cuando Glasgow le convenció de que cada poblado tenía sus «instalaciones de correo musical». Por mucho trabajo que le costara creerlo, el capitán aceptó después de muchas pruebas que pudieran transmitirse a lo largo de varios kilómetros de distancia a través de la selva mensajes detallados compuestos de múltiples frases. «A menudo nos sorprende», escribía Allen, «comprobar cómo el sonido de la trompeta es tan bien entendido en nuestras evoluciones militares; pero qué lejos queda eso del resultado alcanzado por estos salvajes indoctos».

Por todo el Continente Negro suenan los tambores que nunca callan: Base de toda música, foco de toda danza; Tambores parlantes, radiotelégrafo de la jungla inexplorada. IRMA WASSALL (1943)

Kilómetros de comunicación musical

A través del sereno aire nocturno que se cernía sobre el río, el ruido del tambor podía oírse a diez o doce kilómetros de distancia. Transmitidos de poblado en poblado, los mensajes podían propagarse en un radio de ciento cincuenta kilómetros en cuestión de una hora.

El anuncio de un nacimiento en Bolenge, un poblado del Congo Belga, decía: Batoko fala fala, tokema bolo bolo, boseka woliana imaki tonkilingonda, alenda bobila wa fole fole, asokoka l’isika koke koke. Las esteras están enrolladas, nos sentimos fuertes, una mujer salió de la selva, está en el poblado a la vista de todos, con eso basta de momento.

Un misionero, Roger T. Clarke, transcribió la siguiente invitación al funeral de un pescador: “Por la mañana, al amanecer, no queremos aglomeraciones para ir a trabajar, queremos una reunión para jugar en el río. Hombres que vivís en Bolenge, no vayáis a la selva, no vayáis a pescar. Queremos una reunión para jugar en el río, por la mañana al amanecer”.

Todos entendían el código de los tambores

Aunque solo unos pocos aprendían a comunicarse mediante los tambores, casi todo el mundo podía entender los mensajes del tam-tam (forma de tocar tambores). Unos lo tocaban rápidamente y otros más despacio. Podían aparecer una y otra vez frases hechas, prácticamente inalterables, pero los distintos individuos que tocaban los tambores podían enviar el mismo mensaje con distintas formulaciones.

Clarke decidió que el lenguaje de los tambores era fluido. Llegó a la conclusión de que «las señales representan los tonos de las sílabas de frases convencionales de un carácter tradicional y sumamente poético». De hecho, el toque del tambor se basaba en la forma de comunicación, en la misma lengua de los pueblos africanos originarios.

La sorpresa de los europeos

Los europeos hablaban de «la mentalidad nativa» y calificaban a los africanos de «primitivos» y «animistas», pero de todos modos llegaron a entender que ellos habían logrado hacer realidad un sueño muy antiguo de cualquier cultura humana. Estaban ante un sistema de transmisión de mensajes que superaba a los mejores correos, a los caballos más veloces en los que se basan las buenas redes viarias provistas de postas y apeaderos.

No fue sino hasta 1841, por la época en la que el capitán Allen descubrió los tambores parlantes, cuando Samuel F. B. Morse perfecciona su código de percusión, el repique electromagnético destinado a propagarse a través del cable telegráfico.

La invención de un código era un problema complejo y delicado. Al principio Morse ni siquiera pensaba en un código, sino en «un sistema de signos para las letras, que debían ser indicadas y marcadas por una sucesión de golpes o sacudidas de la corriente galvánica». Sin embargo, nunca llegó a ser tan profuso como la transmisión musical de los tambores africanos.

Una lengua musical

Fue John F. Carrington un Misionero inglés nacido en 1914 en Northamptonshire. Quien desde los 24 años vivió en África el que explicaría cómo funcionaba el lenguaje de los tambores.

Cuando salió de la misión de la Baptist Society para remontar la cuenca alta del río Congo, recorriendo los poblados de la selva de Bambole. Un día realizó un viaje improvisado a la pequeña ciudad de Yaongama y quedó sorprendido al ver que se habían reunido para darle la bienvenida un maestro, un auxiliar de medicina y varios miembros de su iglesia. Según le dijeron, habían oído los tambores. Finalmente se dio cuenta de que los tambores transmitían no solo anuncios y avisos, sino también oraciones, poesías e incluso chistes. Los hombres que tocaban los tambores no enviaban señales, sino que hablaban. Y hablaban una lengua especial, adaptada.

Este lenguaje musical ha definido a los africanos, por eso su sonoridad, su manera de bailar sorprendente, la alegría que sienten con la música. Son pueblos que llevan la música por dentro y llevaron esa fuerza vibrante a varias partes de América.

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