“Tener un vestido Yancol es un acto afirmativo de identidad. Cuando una persona me dice que tiene un ancestro mapuche en cuarta generación, yo le digo: usted es mapuche. Primero me piden un bordado pequeñito, después quieren un cinto. Eso me gusta, generar ese tránsito a la recuperación de identidad”.

El papá de Jeannette Colipe Montecino era un adolescente cuando llegó a Santiago. Cómo muchos otros, hablaba poco de su cultura mapuche para evitar la discriminación. Fue a través de la costura que su hija revivió su fuerza ancestral. Su emprendimiento Yancol está inspirado en el diseño de identidad, un camino para que -como ella- otras mujeres urbanas se reencuentren con su historia familiar.

Es de noche y Jeannette Colipe Montecino está sola en su casa. Hace poco su hijo se independizó y ahora tiene más espacio para su taller. Telas, hilos, máquinas de coser e instrumentos de joyería la rodean. La pregunta parece simple, ¿Por qué cose? Sus colecciones son apreciadas y se venden bien. Su emprendimiento, Yancol, inspirado en el diseño de identidad, crece con éxito. Hace apenas unas semanas envió un traje de novia a Irlanda. Ella quiere contestar también con sencillez, pero la nostalgia y una gran historia cultural le amplían la respuesta.

“Yo era hija única y mi mamá era muy aprensiva”, inicia. “Ella se ponía en su máquina, pero no me dejaba usarla. Temía que se quebrara la aguja o que me pasara algo. Así que yo me mantenía a su lado mientras diseñaba vestidos con los trozos de género para mi muñeca. También le decía: «Mamá quiero que me hagas ropa con diseño autóctono». No sé por qué ocupaba ese término, no había Internet, tal vez lo vi en la tele o me lo imaginé. Ella buscaba la tela y cocía mis locuras: faldas, vestidos, una vez le pedí un detalle con una cruz andina”.

Así creció Jeannette Colipe Montecino. “Diseñaba y cocía a escondidas, como pecado”, dice en medio de risas. Entonces estaba en la enseñanza media y su papá le inculcaba que fuera profesora. Por él estudió pedagogía. No se graduó, pero sí posee un título técnico y ejerció en párvulo durante unos años. “Yo ni soñaba con ser diseñadora. Tampoco sabía que se podía estudiar”. Más adelante tuvo dos hijos y los convirtió en su inspiración para crear. “La gente me preguntaba que dónde les hacía los buzos. Y yo con vergüenza -porque siempre cocía a escondidas- no decía que eran míos”.

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Creatividad que abre puertas

Un giro importante en su vida ocurrió a través de un buzo que confeccionó para su hija en kínder. “Tenía aplicaciones que yo inventaba con la máquina de coser, bordados que les hacía. A la profesora le encantó y me preguntó si podía diseñar el uniforme del colegio. Eran como 500 alumnos. Me quedé pensando… ¡Este sueño no me lo pierdo! Ahí empezó una carrera bien esforzada. De alegrías y sinsabores. Primero un colegio y después otros”.

Aquel episodio la llevó a hacer un cambio laboral radical. Pero aún faltaba hacer la conexión energética que la conduciría a tocar con su pasado y emprender en el diseño de identidad. “Un día vi un CD que decía Música Mapuche. El vendedor me preguntó si lo quería escuchar y me pasó un walkman. Era una rogativa, una ceremonia. Para mí fue un estallido, un estremecimiento. Mi padre ya había fallecido y sentí una gran conexión con él. Como si me dijera: «Busca esto, encuentra el significado». Mis hijos me miraban asustados, no sabían que me pasaba”, cuenta.

Inmediatamente empezó una búsqueda cultural y ancestral casi a ciegas. “Me preguntaba ¿Cómo lo hago? ¿A quién le preguntó? ¿A dónde voy? Y de repente, empecé a buscar dentro de lo que yo sabía hacer. Empecé a bordar los cultrún (tambor ceremonial) en poleras, los copihues. Mostré mis productos en la municipalidad de Pudahuel y a la encargada del Programa de Pueblos Originarios le encantaron. Me compraron muchos, pero al poco tiempo nadie más quería poleras. Llegó una nueva encargada y me preguntó: ¿Usted es capaz de hacer un vestido que tenga ese diseño? Le dije que sí y pensé: ¡Tengo que buscar a alguien que me haga la matriz! Diseñé una colección con 12 vestidos que mostré en una Feria Gastronómica y Cultural Mapuche. Una voz interna me decía: «¿Y si no los vendes?». Pero crecí. Postulé a ferias, empecé a conocer más gente. Y hace tres años descubrí las redes sociales. Así masifiqué mi emprendimiento”.

Crear diseño de identidad

Yancol Diseños recrea el espíritu vivo de una identidad que perpetúa en cada descendiente mapuche. Cada colección es un hilo conector nuevo. Vestidos con cintos y detalles bordados, camisas corte mao, uniformes personalizados. Además, Jeannette Colipe Montecino diseña las joyas de sus colecciones. Ornamentos que marcan la feminidad ancestral: aros, alfileres y pectorales. Solo hay algo que evita: confeccionar el küpam, los trajes de ceremonia. “¡Eso no lo hago!”, dice de forma radical y respetuosa. Pero entonces, surge una hermosa narración de cómo acepta ciertas excepciones.

“A veces llega a mi taller una mujer que ha tenido un ancestro o una abuela mapuche. Me dice con timidez que nunca ha usado algo como lo que yo hago. Habla con vergüenza. Después viene y pide otro vestido, lo quiere con más detalles. Lo pide con algo que le recuerda la ropa de su abuela. Más adelante, otro día, me dice: «Quiero que usted me haga mi vestido de ceremonia, mi küpam, con el que voy a ir a un Nguillatún». Entonces digo ¡Sí! Porque la cliente ha crecido conmigo. Así he descubierto que mi ropa es un camino hacia el hacer identidad”.

¿Para Jeannette, cómo ha sido su propio proceso emocional y espiritual? “Muy fuerte”, responde rápidamente. “Porque nuestro pueblo es desconfiado. Me costó llegar a ellos, entrar. Porque yo no tenía idea de nada, ni sabía lo que era un cultrún. Al final me han abierto las puertas. He hecho ropa para los Machi, que es algo súper complejo porque no confían su atuendo a cualquiera. También ha significado transmitir a mis hijos esta cultura que me fue privada”.

Ahora vive una dinámica laboriosa. Prepara sus colecciones, profundiza el diseño de identidad, escoge las telas más adecuadas para sus proyectos, estudia sistemas de patronaje, revisa pedidos y acepta aquellos que le brindan crecimiento. “Un día alguien me dijo que le alegraba que yo emprendiera a mi edad. Y yo pensé: Pero, ¿Qué edad tengo? ¡Me siento con mucha energía! Ahora veo que realmente voy en contra del tiempo. Así que apurada, pero feliz. Soy una mujer fuerte, es parte de mi herencia, de mi sangre… de mi lucha”, concluye.

Si quieres conocer más sobre el trabajo de Jeannette Colipe Montecino visita la página de su emprendimiento Yancol.cl y síguela en sus redes: FB Yancol Diseños y en IG @yancoldisenos

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