“La Palabra Florecida es un proyecto educativo autónomo que busca a través de la oralidad y el juego, apoyar la crianza y la educación de las niñas y los niños. Considerando la memoria del territorio y la de las personas más antiguas del lugar”.

Transita por el camino de la pedagogía, pero con un andar muy singular. Andrea Caballería Magna es una escritora y narradora graduada en Educación General Básica en la Universidad de Playa Ancha de Valparaíso. Desde hace seis años vive en La Araucanía, donde se inspiró para crear su proyecto La palabra florecida. A través de él, hila la oralidad y el juego con música y teatro para transmitir valores y conocimientos.

“Yo creo que la palabra sana. También que puede debilitar. Por eso uno debe estar atento a lo que dice. Porque las palabras marcan”. Andrea Caballería Magna cree en la narrativa como una forma de sanación, de allí su gran amor por el oficio del cuentacuentos. Al unir la oralidad y el juego no solo potencia sus habilidades como docente, sino que labra un oficio paralelo. Uno que es artístico, literario, teatral y que ha llamado La Palabra Florecida.

“Me considero una persona creativa y autodidacta, que se ha ido re-encantando con este sistema educacional con el que nunca me sentí muy cómoda. Constantemente hago talleres para niños, adolescentes y personas adultas. O entre los mismos colegas porque me parece importante compartir las practicas educativas”.

“Este proyecto nació acá en el sur. Cuando terminé de estudiar intenté reinventarme dentro de la pedagogía, pero sentía que algo no me permitía crecer. Se dio la posibilidad de hacer un reemplazo muy corto en una escuela en Villarrica y no lo dudé. Me vine porque quería cambiar. Estar más cerca del agua, de la naturaleza, lo otro se fue dando en el camino”, recuerda.

Con un profundo respeto y un gran espíritu colaborativo, la joven docente se acercó a cultura del Wallmapu. “Dentro de la pedagogía, en el lenguaje -donde he trabajado los últimos años- encontré la metodología del cuento, de la oralidad y el juego. He trabajado en varias escuelitas rurales considerando el contexto, la memoria y las historias familiares. Uno tiene que escuchar a las personas que viven en el territorio, principalmente a partir de esa escucha puede ir creando metodología y generando aprendizajes”, explica.

“La máscara ha jugado un importante rol dentro de las clases formales, destruyendo la imagen de la rígida profesora. Mis máscaras me han ayudado a pasar contenidos del currículum actuando de puma, gato o abuelita”.

La esencia y el legado

Algunas historias de La Palabra Florecida nacen de relatos escuchados durante una acogedora conversación y el compartir de un mate. Otras son inspiraciones de la misma Andrea, quien ya tiene un libro editado que reúne sus cuentos y planifica hacer otro con sus poemas. “Crear los temas es todo un proceso. Hay una esencia y esa esencia es la que me ha hecho permanecer en este territorio. Cada vez que cuento un relato oral mapuche, un piam o un epew, siempre tengo la autorización de la persona que lo compartió. Porque es un trabajo colaborativo para la educación de los niños”.

“Con La Palabra Florecida uno cosas que me interesan: música, juegos, lenguaje, historias, ilustraciones. Doy clases de primaria y he sido bien itinerante con algunos reemplazos. He elaborado proyectos enfocados al fomento lector o donde se pueda desarrollar la escritura libre y creativa”.

Ella misma tiene una gran habilidad para improvisar. De hecho, utiliza con frecuencia el recurso de la oralidad y el juego en sus clases formales.  “Creo que el cuento es algo muy transversal dentro de la escuela y del aprendizaje. Y los niños lo reciben de una manera muy bonita. Tanto para mí, como para ellos, ha sido como una forma de re-encantarme con la pedagogía y de hacer más lúdicas las clases. Además, el cuento siempre ha estado presente en diferentes pueblos como forma de enseñanza”.

Para Andrea el aprendizaje es un espacio integral, que involucra atención y emoción. Por eso le da mucha importancia a los escenarios y lugares de encuentro educativo. “Creo que la forma de aprender es teniendo contacto con la naturaleza. Es necesario que las escuelas potencien sus espacios verdes, practiquen más salidas al aire libre. Con la pandemia se visibiliza que el sistema educativo necesita muchas transformaciones y que las personas necesitamos valorar iniciativas educativas diferentes. Es una gran oportunidad para la escuela tradicional poder replantearse y ver brotar diferentes iniciativas pedagógicas”.

“Se me ha ido dando (la oportunidad) de aprender Mapuzungun. Para mí ha sido importante el compromiso de aprender una lengua tan antigua, porque al hacerlo uno también va cambiando su pensamiento, la forma de ver el mundo”.

Escuchar a los niños

Todas las mañanas Andrea Caballería Magna se conecta con sus alumnos de una escuela en Choshuenco, para hacer teletrabajo. Pese a la pandemia, sigue enlazada a La Palabra Florecida y tiene en mente nuevas ideas inspiradas en la oralidad y el juego. Una de ellas es compartir en diferentes escenarios la voz de los niños.

“El hecho de moverme por el territorio me permitió escuchar a los niños. Sus historias, frases y anécdotas, inventadas o propias de sus familiares y de sus culturas. Pero falta un trabajo más profundo y creo que eso se logra a través de la permanencia en el tiempo en un solo lugar. Por eso me gustaría concretar un espacio físico donde pueda seguir compartiendo diferentes metodologías. Vivo en Lican Ray desde hace tres años y es aquí donde me proyecto”, concluye.

Andrea Caballería Magna es una profesora de educación general básica que cree en la creación de proyectos educativos autónomos, apoyados mutuamente por la familia y  la comunidad. Puedes conocer más sobre su trabajo AQUÍ.

Para enviar información escribe a: redaccion@mujerdelsur.com

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